POLÍTICA CON SABOR A TIERRA. POR UN NUEVO HORIZONTE COMPARTIDO QUE LE DÉ SENTIDO AL PAÍS
POR UN NUEVO HORIZONTE COMPARTIDO QUE LE DÉ SENTIDO AL PAÍS
Por: Gonzalo Molina Arrieta
Según Cornelius Castoriadis, el “imaginario social es aquello que hace posible que una comunidad se comprenda a sí misma y dé forma a sus instituciones”. Y quizás eso es lo que hoy está ocurriendo en Colombia: millones de personas empiezan a imaginar un país distinto, más humano, más digno, más justo y profundamente reconciliado con la vida.
Los imaginarios colectivos son la fuerza invisible que mueve la historia. En Colombia, ese imaginario está cambiando. Ya no se trata solamente de resistir, sino de construir esperanza. Una esperanza impulsada por Gustavo Petro y el Pacto Histórico, pero también por los jóvenes que sueñan con oportunidades, las mujeres que luchan por igualdad, los estudiantes que se niegan a heredar un país roto, los campesinos que defienden la tierra, los maestros que siembran conciencia, los sindicatos y las organizaciones comunitarias que, desde abajo, mantienen viva la posibilidad real de la transformación.
En este momento histórico, Iván Cepeda y Aída Quilcué representan mucho más que una fórmula política: representan un horizonte ético y espiritual para Colombia. Encarnan aspiraciones profundas de justicia social, justicia económica y justicia ambiental.
Aída Quilcué es la voz viva de los pueblos originarios, de la memoria ancestral y de la resistencia de quienes han cuidado la tierra incluso en medio de la violencia y el abandono. En ella habita la defensa de los ríos, de la biodiversidad, de la montaña y de la semilla. Su palabra nace de las raíces, pero mira hacia el futuro. Representa la posibilidad de un nuevo paradigma civilizatorio donde la vida vuelva a estar en el centro.
Iván Cepeda, por su parte, ha demostrado que la política puede ejercerse con serenidad, profundidad ética y compromiso con la verdad. En tiempos donde el ruido, el insulto y la manipulación intentan imponerse, Cepeda eleva el debate hacia la racionalidad, la memoria histórica, la justicia y la conciencia latinoamericana; le da importancia a la visión de futuro desde una filosofía. Hay en él una coherencia que inspira confianza y una forma digna de hacer política que devuelve esperanza.
Ambos buscan no solo administrar el poder, sino transformar el sentido mismo de la nación. Y eso se refleja incluso en su manera de hacer campaña: austeridad, sencillez, tranquilidad, escucha y respeto. Virtudes cada vez más escasas en medio de campañas marcadas por la opulencia, la improvisación, la charlatanería y el uso de cualquier medio para alcanzar objetivos electorales.
Estamos ante una campaña profundamente humana. Una campaña que toca fibras éticas y emocionales del país. Una campaña que necesita, en esta última semana, de todos aquellos que todavía creen que Colombia puede cambiar, que otro país es posible y que vale la pena luchar por él.
Por primera vez, la victoria en primera vuelta no parece una ilusión lejana, sino una posibilidad real construida desde la esperanza colectiva.
Profesor de filosofía, ecología y pedagogía.
